En más de 50 días de protesta algo se aprende. La llamada resistencia —los miembros más radicales de la oposición en medio de las manifestaciones— han desarrollado una organización táctica para resistir los embates y choques de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Sin mayor estrategia militar, decenas de jóvenes se protegen con escudos del impacto de bombas lacrimógenas y perdigones, asfixia por los gases, agua expulsada a propulsión. Además, les devuelven bombas y les lanzan proyectiles caseros y piedras cuando explota la represión. Sin embargo, la clara desventaja en el equipamiento hace que su técnica raye en la inestabilidad e improvisación.

El 18 de mayo de 2017, quienes esperaban en Altamira lo hacían bajo un sol inclemente. Ese sector de Caracas era uno de los puntos de concentración con la esperanza —ya perdida— de llegar hasta la sede del Ministerio de Interior, Justicia y Paz, ubicado en el centro de la ciudad. En el municipio Libertador, para más señas, un área que le ha sido vetada a la oposición. Desde antes del mediodía, los miembros de la “resistencia” tenían las caras tapadas con franelas y pañuelos y sus cabezas cubiertas con cascos negros o tricolores. La poca piel que dejaban entrever sudaba a chorros, pero el calor reinante no los doblegó, no revelaron sus rostros. Los cuidan con celo, al igual que su identidad. No sucede igual con sus escudos de madera, que ostentan llamativos diseños y mensajes. Tampoco con su armamento casero, que usarán para enfrentarse con tanquetas y escopetas, cargadas de diversos proyectiles.

A sabiendas de que la marcha no llegaría a su destino y arengados por la multitud —pues ningún político hizo acto de presencia— decidieron moverse a la autopista Francisco Fajardo. Un guacal lleno de botellas vacías de cerveza permanecía en medio de la vía antes de que arrancaran. Un joven de 22 años se le sentó encima. Resguardaba la bolsa que contenía parte de sus municiones para combatir contra la GNB, en lugar de mandarinas o naranjas. Confiesa que las recolectó entre sus compañeros de lucha y personas que se las regalan. Su máscara antigases y su casco tricolor también son donaciones. Se guarda el nombre, pero no las ansias de cargar con la artillería pesada. “Esto es para las molotov”, se ufana, y continúa: “Tú le echas gasolina al pote, le pones un trapo en el pico y la prendes con un yesquero de cocina. Eso es fácil”. Se le para una moto en frente y, con un frasco de vidrio y la mayor tranquilidad, lo llena del hidrocarburo. La gasolina es la dinamita de los extremistas.

Sin embargo, el chamo y pendenciero no las arma en el momento. Con ese guacal se moviliza hasta la autopista Francisco Fajardo, para reunirse con sus compañeros —hombres de pelotones improvisados. Como él, varios llevan las bombas ya armadas en una zapatera, listas para echarles candela. Otro muchacho con la cara descubierta las moviliza en una caja. “Acá ya están listas”, explica. Tiene casco, máscara antigases, guantes de jardinería, pero no escudo. Su rol en la protesta es suministrar las molotov a los “artilleros” –como se les denomina a quienes responden con piedras, bombas caseras y demás proyectiles a los funcionarios de seguridad. “Están los escuderos, que son los que están de primeros y protegen, pero hay que seguir, rezándole a Dios, más nada”. También tienen las “lanza papas”, otras bombas caseras hechas con un envase, Baygon y fuego. Cuando no las encienden con yesqueros, esparcen gasolina en el suelo y le prenden fuego. A la lumbre la llaman “el mechero”. “Y para las tanquetas, frascos llenos de pintura y heces”, explica otro joven de 22 años, con la cara cubierta con una franela azul y un casco tricolor en la cabeza. “Si te fijas en cómo está el vidrio, está todo sucio de pintura. Esos fuimos nosotros”, se congratula.

En la batalla contra la autoridad no faltan las chinas. Juegan con ellas en el aire mientras se desplazan a su zona de ofensiva. Al igual que su protección personal, la mayoría de ellas es donada a los jóvenes por personas que prefieren no delatar. El que está encargado de dispararla se escuda en un pequeño grupo de tres o cuatro personas de la primera línea de fuego y, sin escudo, lanza con ella piedras y distintos objetos.

Escudo no para bala

La multitud está sitiada. En la Francisco Fajardo ya no hay más para dónde agarrar. Por un lado tienen un muro que no pueden saltar y por el otro el Guaire. Al frente una tanqueta. Desde cada uno de estos puntos se ven lacrimógenas cayendo del cielo. Hay que proteger las cabezas. Es entonces cuando se alzan los escudos. Abundan. No solo están en el frente, en los brazos de quienes buscan el enfrentamiento o pugilato cuerpo a cuerpo con los guardias. Los hay en medio de la muchedumbre que trata de correr —pese a los avisos de que no lo hagan y mantengan la calma— y en la retaguardia.

Son parte de la táctica. Los chamos que desafían a la Guardia o la Policía Nacional han desarrollado un sistema que los incluye. A quienes los llevan les llaman escuderos. “Cada uno tiene una función. Si tú tienes un escudo, tu deber es proteger. No estar pendiente de recoger una lacrimógena del piso. Si soy escudero, soy escudero. También está el arquero, que devuelve las bombas, y el artillero, que es quien lanza las molotov. Estamos en ensayo y error, pero ahí vamos”, explica un joven de 27 años de la autodenominada resistencia. No solo devuelve el arma antimotín. Las ahogan en los charcos más cercanos o en potes con agua que ubican cerca de su zona de acción.

“Los escudos se hicieron con una finalidad: proteger a las personas que devuelven las bombas. Antes era a mano pelada, a cuerpo pelado. En 2014 no existían. A nadie se le había ocurrido esa idea”, señala otro, de 18 años. Emboza su mirada con una franela y además lleva un tapabocas. El suyo es de una madera más gruesa. Lo recogió en la calle, cuando su anterior dueño fue detenido por la guardia y tiene escrito: “Soy tu hermano”. Con el “tu” pintado de amarillo, azul y rojo.

El material del que están hechas las defensas varía. Los hay de madera, de plástico o de cinc. Las antenas de Directv también sirven a estos efectos. El de este hombre recuerda a una puerta de escaparate antiguo. Y “está reforzado” con otro trozo de madera encima. Un par de chicos, de 18 y 21 años de edad, cargan unos de plástico azul —como de pipote— que en la parte posterior tiene tubos de PVC que sirven de mango. Los hay de metal, que son más pequeños. Y los más pesados son los que han logrado quitarles a la GNB. Esos los pintan de gris plomo, pero por el tamaño se reconocen. También porque son más resistentes.

Son cautos en revelar la procedencia del equipo. “Nos los donaron”, “me lo dieron aquí”, “a cualquiera que necesite uno se lo dan”, responden. Así sucede tanto con la artillería, como con los cascos, guantes, máscaras antigases, tapabocas. Al preguntarles dónde guardan sus llamativos escudos, coinciden en que no se los llevan a sus casas, sino que los dejan en un “lugar seguro”.

Protesta sin aguante

La nobleza de la madera no aguanta tanta agua. Ni tanto perdigonazo. “Nosotros decimos ‘un escudo no para balas’ pero si nos puede proteger de muchas cosas. Es para resistir”, cuenta una enfermera que decidió estar en la línea de fuego. Pero más de una vez han visto cómo la pieza se les debilita por la cantidad de agua que reciben de la ballena o por el impacto de una bomba lanzada a corta distancia. Si eso pasa saben lo que deben hacer: “Te vas para atrás, respiras y buscas otro. Atrás siempre hay gente muy buena. Y aplica no solo para el escudo, también si se rompe el guante o la máscara. Hay muchas personas que te ofrecen otro”. Lo dice un muchacho de 18 años que hizo su escudo con sus propias manos y el que sabe pronto deberá cambiar, porque ya se empezó a romper. “Esta madera —MDF—es muy endeble. Ya me lo reventaron. Le puse el joker porque se sabe que cada vez que aparece en la película de Batman siempre causa problemas”.

Los motivos de los escudos son variados. Algunos tienen mensajes religiosos —incluyendo la cruz heráldica de Jerusalén, en alusión a las cruzadas—, otros detalles patrióticos, los colores de la bandera no faltan, y unos pocos son pedidos de ayuda: “Colabora con comida, agua e insumos médicos. No con fotos”.

“Hay mucha gente que nos quiere apoyar. Nosotros preferimos que no nos den dinero. Si nos quieren ayudar que nos den comida, que nos den agua, algún material, pero que no sea dinero. Eso se presta para muchas cosas. La gente empieza a hablar muchas cosas”, dice un chamo que asegura que su escudo lo ha salvado más de una vez de un perdigonazo. En ese punto no todos están de acuerdo, pues varios de los muchachos recogen billetes en potes de plástico. No son un frente unificado. Se mueven en grupos de tres, de cinco, de diez o de quince. Tampoco en eso hay comunión. Así que se reconocen por la gente con la que andan y los espacios por los que se desplazan.

El gas comienza a picar, las tanquetas a avanzar, el agua a correr por la autopista. La vía que atraviesa la ciudad de este a oeste se convirtió en ardiente refriega que parece quedarles grande. Ubicarse allí los ha hecho susceptibles a ataques por distintos flancos. Ese 18 de abril, recibieron gases desde El Rosal y Las Mercedes. “Acá tenemos que resistir. En Táchira o Mérida las calles son más angostas. Es más fácil darles, pero acá nos tenemos que proteger”, dice un joven de 19 años.

Cuatro adolescentes, sucios y con las caras cubiertas, manufacturan sus propias molotov, listos para arremeter nuevamente. “Nosotros nunca retrocedemos sino para preparar bombas. Queremos cambio, ¿sí me entiende? Nos cubrimos contra la pared, nos tiramos al piso y vamos así en zigzag para que no nos vayan a alcanzar los proyectiles”, dice uno de ellos, que afirma tener 17 años y ser de El Junquito. A pesar de que afirman copiar los movimientos tácticos de la Guardia y contar con su conocimiento empírico, en menos de una hora se disuelve la revuelta a punta de gases y perdigones. La “resistencia” no tiene la formación militar de quienes les coartan el paso. Sus integrantes se desperdigan rápido con el avance de las fuerzas estatales para recargar municiones y seguir, hasta que los pulmones y las piernas alcancen. Es entonces cuando se retiran, saben que no deben desgastarse, que hay más manifestaciones por venir.

EL ESTIMULO

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