Sofocos, dolor articular, sequedad vaginal o sudores nocturnos son algunos de los signos más frecuentes de la menopausia. No es algo agradable y en no pocas ocasiones va acompañada de pérdida de autoestima o incluso depresión. ¿Y todo esto para qué?, ¿por qué? ¿Qué sentido tiene la menopausia? No sé si saben que en el mundo animal la menopausia es un fenómeno extremadamente infrecuente.

No lo experimentan los primates ni los grandes mamíferos ni tampoco los reptiles o las aves. Las hembras de casi todas las especies son fértiles durante toda la vida, aunque, como ocurre con las chimpancés y otras especies longevas como las elefantas, su fertilidad se reduzca con los años. Solo las mujeres humanas y las hembras de las ballenas piloto y las orcas, esas a las que llaman ballenas asesinas, sobreviven durante décadas al cese de su fertilidad.

Este hecho ha extrañado a los científicos desde hace lustros, y tanto desde la zoología como desde la biología y la antropología se han propuesto hipótesis que puedan arrojar algo de luz evolutiva sobre el misterio de la menopausia. Parece que la clave está en la organización social, en lo que se llama «la hipótesis de la abuela».

Esta hipótesis dice que las hembras dejarán de tener hijos al ser mayores porque los beneficios que se obtienen del cuidado de sus hijos y nietos ya existentes compensan la limitación que supone no engendrar nuevos retoños (en partos que, además, suponen mayor riesgo y desgaste que cuando eran más jóvenes).

Varios experimentos han contrastado esta hipótesis. Se ha comprobado, por ejemplo, que una orca macho tiene tres veces menos posibilidades de sobrevivir si su madre muere antes de que él cumpla los 30 años, y la cosa es más dura si la madre muere cuando la orca macho es mayor: sus posibilidades de supervivencia se dividen por ocho si su madre muere tras haber pasado él la treintena.

Las orcas son animales gregarios en los que las hembras permanecen siempre en el clan en el que nacieron, a diferencia de las elefantas, por ejemplo. Y las abuelas y bisabuelas son tesoros de sabiduría, almacenes del conocimiento de la comunidad. Por ejemplo, los bancos de salmones de los que se alimentan son variables, impredecibles, y solo las ancianas tienen la experiencia necesaria para guiar al grupo. Los grupos de ballenas siguen más a las hembras que a los machos en la búsqueda de alimentos, y más a las ancianas que a las jóvenes.

Y en los humanos también el papel de las mujeres mayores y las ancianas ha sido clave para las comunidades en todas las latitudes. Como cuidadoras, sí, pero también como depósitos de sabiduría y experiencia. Sus recetas, sus remedios, los viejos consejos de los que a veces nos reímos, pero que son acertados casi siempre, y sobre todo sus relatos han sido desde antiguo los mimbres que han entretejido los grupos humanos en todo tiempo y en todo lugar.

Lo seguimos viendo incluso en nuestras sociedades modernas, aunque la tecnología y la organización social contribuyan a matizar o disminuir este papel. Quien tenga hijos podrá hablar del valor de las abuelas en la mayoría de los casos, en particular en tiempos de crisis.

Lo que somos como grupo, como sociedad, nuestras redes de relaciones y los vínculos que nos mantienen a flote en tantísimas ocasiones son el legado de nuestras madres, de nuestras abuelas, de nuestras bisabuelas y de todas aquellas que fueron antes de que nosotros llegáramos a ser.

YOROKOBU

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