Fotografía Archivo

Al principio el agua fluía uno o dos días a la semana, así que Robles, presidenta de la asociación de condominios, contrataba camiones cisterna para llenar el tanque de su edificio. Con medidas de racionamiento que ellos mismos se impusieron, los edificios tenían agua, pero sólo por una hora, tres veces al día.

“Si llegabas a las 5 de la tarde sudado, no te podías bañar”, relató Robles, abogada y pequeña empresaria. “Es como un castigo lo del agua”.

Finalmente se hartaron. Ya que el gobierno no podía proveer agua, decidieron perforar un pozo al lado de su edificio situado en el barrio de Campo Alegre, una solución que es cada día más popular entre las personas que cuentan con los recursos para pagarla dada la mala condición del sistema hidráulico de Venezuela.

La decadencia de la economía de nuestro país se ha acelerado con el gobierno del presidente Nicolás Maduro, lo que ha conducido a un éxodo masivo de personas que abandonan el país cansadas de la escasez de alimentos y medicinas, así como de la violencia en las calles, los apagones y -ahora- la falta de agua potable.

Robles dijo que ella y sus vecinos contrataron en febrero a una empresas perforadora por el equivalente a 7.000 dólares, unos 280 dólares por familia. Al menos otros tres edificios en su calle, que se encuentra cerca del club campestre más exclusivo de la ciudad, han contratado al mismo ingeniero.

La empresa mueve a su cuadrilla de trabajadores y su plataforma de perforación de un lugar a otro. La ruidosa maquinaria con motor diésel trabaja día y noche por varios días hasta que encuentra agua, generalmente a unos 80 metros (260 pies) de profundidad.

Pero los menos adinerados deben enfrentar el calvario del suministro público de agua, con la esperanza de que el esporádico servicio llene sus tanques de plástico de 560 litros (150 galones) equipados con bombas. O pueden hacer fila en los manantiales de las montañas para llenar sus jarras sin costo.

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