Foto: Federico Parra/AFP

Un día de estos, a las tres de la mañana, Betty se levantó para lavar, pues llegó el agua y no sabía cuándo volvería. Obdulio llenó envases con la lluvia para bajar retretes. La escasez de agua es otra calamidad que enfrentan los venezolanos.

En la cocina de Betty Díaz, en las entrañas de Petare -la mayor favela de Venezuela-, todos los recipientes, grandes y pequeños, almacenan agua.

La docente de 63 años abre el grifo molesta: no sale ni una gota. La noche anterior no durmió, pues aprovechó que hubo agua unas horas para recoger y lavar ropa. Hacía cinco días que no llegaba.

“Vivimos como camellos, siento que estoy en el desierto del Sahara (…). He durado aquí hasta 15 ó 20 días que no ha llegado agua”, relata Betty a AFP.

Esta morena robusta y de ojos grandes cuenta cómo cambiaron sus hábitos: “Me baño con una botellita de Coca-Cola (con agua). Imagínate este cuerpito bañándose con una botellita de dos litros”, dice entre risas.

Pero le cambia el semblante cuando piensa cómo esa escasez afecta a los niños pobres que van al comedor gratuito que ella dirige en el barrio, con ayuda de la Iglesia y activistas.

“Muchos niños han llegado con, bueno, le dicen escabiosis, pero todos sabemos cómo se llama: sarna”, lamentó.

La falta de agua es otro más de los problemas que enfrentan los venezolanos, en medio de una severa crisis económica con escasez de alimentos y medicinas y una hiperinflación que podría superar 13.800% en 2018, según el FMI.

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“No somos camellos”

Desde hace meses, los racionamientos de agua se extienden por el país petrolero, a pesar de que alberga algunas de las mayores reservas hídricas del planeta, pero con una infraestructura descuidada, según especialistas.

Al problema se unen constantes apagones eléctricos, que el gobierno de Nicolás Maduro atribuye a la sequía de las centrales hidroeléctricas y a sabotajes.

“Dicen que es la sequía, pero en otros países que no llueve, ¿por qué hay agua? (…). Estamos desde el 23 de marzo sin agua, nos hemos sostenido pagando (camiones) cisterna”, se queja Pascualina Testa.

Esta ama de casa de 52 años participó la semana pasada en una protesta frente a la estatal Hidrocapital en Caracas. “No somos camellos, queremos agua”, gritaron unas 30 personas en la manifestación.

De los cortes no se salvan los hospitales ni las zonas más pudientes de Caracas, donde viejos camiones cisterna venden el líquido a precios inaccesibles para la mayoría.

En el edificio de Pascualina, los 10.000 litros del camión duran semana y media, aplicando un férreo racionamiento: sólo la ponen una hora diaria.

La semana pasada la cisterna costó 40 millones de bolívares (500 dólares a la tasa oficial y 16 en el mercado negro) y cada apartamento pagó tres millones, poco más del sueldo mínimo mensual, de 2,6 millones (32 dólares a tasa oficial y uno al paralelo).

“¿De dónde va a sacar uno (para pagar una cisterna) con esta situación de crisis?”, dice resignada Betty.

Norberto Bausson, expresidente de operaciones de Hidrocapital, aseguró a AFP que 40% de los venezolanos sufre una severa escasez de agua y 60% la recibe de forma irregular.

El experto indicó que, más que por la sequía, se debe a fallas de mantenimiento. “Hay tuberías que superaron su vida útil, se ha deteriorado el parque electromecánico. No se han terminado obras previstas para el primer decenio ni se han hecho embalses”, precisó.

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A los pies del cerro

Quienes no pueden pagar por agua, deben ingeniárselas. Obdulio Álvarez, habitante de San Juan de los Morros, en el centro del país, cuenta que sus vecinos y él van cada mañana a un pequeño río a abastecerse.

“Tenemos como nueve días sin agua. A veces vamos a una construcción en la que sale de una manguera. Esto nunca había pasado”, se queja.

El lunes pasado llovió fuerte en San Juan y Obdulio aprovechó para llenar varios tobos (cubetas) y bajar los retretes.

En las faldas de El Ávila, la inmensa montaña que bordea Caracas, cada día cientos de personas recogen agua de pequeñas tuberías que bajan del cerro.

Juan Brito, jubilado de 82 años, siempre busca agua para tomar en la montaña. A su casa -en las afueras de Caracas- no llega desde hace un mes y no puede pagar por botellas de agua mineral.

Con su jubilación mensual, de 1,4 millones de bolívares (medio dólar), no compraría ni 10 litros. “No podría, por eso vengo”, señaló.

Fotografías de Federico Parra. AFP

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