Donald Trump ha abierto un nuevo frente en su joven pero turbulenta presidencia: ha amenazado a los republicanos más conservadores de la Cámara de Representantes con torpedear su reelección en las elecciones legislativas del año que viene si no apoyan su agenda reformista. Lo ha hecho desde Twitter en una declaración explosiva, que puso patas arriba los mentideros de Washington: «El Freedom Caucus [el grupo que aglutina a los diputados más conservadores] dañará toda la agenda republicana si no se suman al equipo, y rápido. Debemos combatirlos, también a los demócratas, en 2018».

El ataque se produce una semana después de que este sector díscolo de republicanos se negara a apoyar la nueva reforma sanitaria que Trump y el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, habían impulsado para el desmantelamiento de Obamacare. Su oposición -exigían una reforma sanitaria más agresiva- provocó el mayor fracaso que hasta ahora ha cosechado Trump desde la Casa Blanca.

El presidente, que tiene por delante retos legislativos que necesitarán de la ayuda en bloque de la bancada republicana, lanza ahora un órdago con esta amenaza, pero está por ver cómo le sale la jugada. Algunos legisladores republicanos apoyaban la maniobra del presidente para forzar una unidad sin la que su presidencia se vería muy debilitada. Otros lo veían como un ataque contraproducente que recrudecerá la guerra civil que vive el partido republicano desde la irrupción del Tea Party y que tuvo consecuencias como el cierre gubernamental de 2013 o la salida del anterior presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner.

La bancada republicana ha estado en cierta manera secuestrada por las posiciones extremistas de este grupo, formado por una treintena larga de diputados. Esa situación era más llevadera cuando se trataba de hacer frente al enemigo común, Barack Obama. Pero las grietas han florecido cuando paradójicamente los republicanos controlan el Congreso y la Casa Blanca.

La amenaza de Trump se produce en un momento en el que tiene desafíos importantes a corto y medio plazo: el Congreso debe aprobar una ley de gastos para extender la financiación federal antes del 28 de abril y, sobre todo, tiene que acordar una reforma fiscal que exigen todos los sectores republicanos desde hace años, pero en la que se anticipa una gran batalla. Al mismo tiempo, el presidente no está en un momento de gran fortaleza, acuciado por las investigaciones sobre Rusia y con índices de aceptación muy bajos. Conserva el prestigio de una victoria presidencial en la que nadie creía y que le ha convertido en el gran líder republicano. Habrá que ver si eso es suficiente para aplacar la revuelta en su partido.

ABC.ES

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