En un país con un sistema político poco jerárquico, el líder de un partido es su político más prominente. El líder real del Partido Republicano es hoy el magnate neoyorquino Donald Trump. Y hasta ahora, el líder del Partido Demócrata ha sido el presidente Barack Obama. La transición ha comenzado. En un discurso esta noche ante la convención demócrata de Filadelfia, Obama entregará el testigo a Hillary Clinton, que el martes logró la nominación.

“Nada te prepara de verdad para lo que te exige el despacho oval. Hasta que has estado sentado en esta mesa no puedes saber lo que significa lidiar con una crisis global o enviar a los jóvenes a la guerra”, dirá Obama, según los fragmentos del texto distribuidos antes del discurso.

“Y es por eso que puedo decir con confianza que no ha habido hombre o mujer más cualificado que Hillary Clinton para servir como presidente de Estados Unidos”.

El discurso de Obama cierra un ciclo. El presidente saliente, entonces senador en la cámara estatal de Illinois, entró en el escenario político de EE UU hace exactamente 12 años. El 27 de julio de 2004 pronunció un discurso en la convención del Partido Demócrata de Boston que proclamó a John Kerry candidato a la Casa Blanca. “No existe una América liberal y otra conservadora. No existe una América negra y una América blanca y una América latina y una América asiática. Existen los Estados Unidos de América”, dijo entonces. Aquellas palabras le convirtieron en gran protagonista de la convención y le proyectaron como una estrella. Fue su primer gran paso hacia la Casa Blanca.

En Filadelfia, este miércoles, empezó la despedida. A Obama, que llegó al cargo en 2009, le quedan seis meses en la Casa Blanca. Dejará en herencia un país con el desempleo en torno al 5% —la mitad de lo que llegó a ser en 2009— y con la economía en crecimiento. También un país en el que millones de personas sin seguro médico han accedido a cobertura sanitaria. Obama no ha logrado terminar definitivamente las guerras de Afganistán e Irak, pero ha retirado la mayoría de tropas y ha puesto fin a la sangría de bajas militares que sufría EE UU al final de la presidencia de su antecesor, George W. Bush, y al inicio de la suya. Al mismo tiempo, se marchará con un país polarizado y convulsionado por el ascenso de un político con retórica xenófoba como Donald Trump.

En el discurso, Obama intentará contrarrestar la visión tenebrosa de EE UU que la semana pasada Trump proyectó en la convención republicana de Cleveland.

“La América que yo conozco está llena de coraje, de optimismo, e ingenio. La América que conozco es decente y generosa”, tiene previsto decir el presidente.

“Cierto, tenemos miedos reales. A la hora de pagar las facturas, de proteger a nuestros hijos, de cuidar a un padre enfermo”, continúa el discurso. Obama enumerará el bloqueo político en Washington, las divisiones raciales, los atentados recientes en Orlando y Niza, los cierres de fábricas en EE UU y la ansiedad de muchos padres por la falta de oportunidades de sus hijos.

“Todo esto es real. El desafío es hacerlo mejor. Ser mejores”, dice. “Pero viajando por este país, por los cincuenta estados, mientras me alegraba y lloraba con vosotros, lo que también he visto, más que ninguna otra cosa, es lo que va bien en América”.

El objetivo de Obama es preservar su legado. Sabe que una victoria de Trump, si cumple sus promesas, puede hacerlo saltar por los aires. Este es su interés más inmediato —casi egoísta— en la victoria de Clinton, que fue su secretaria de Estado durante el primer mandato y antes, su rival en las primarias demócratas de 2008. Obama ya ha anunciado que se movilizará para que Clinton gane en noviembre. Es un presidente popular y un orador efectivo. En muchos aspectos, Clinton se presenta como una promesa de un tercer mandato del actual presidente.

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