Si prestas atención a las estanterías de la casa de tus padres o tus abuelos, seguro que puedes encontrar una reliquia del conocimiento acumulando polvo en una esquina. Tomos y tomos de enciclopedias, perfectamente ordenados, albergando toda la sapiencia del momento. En el mejor de los casos aquellos libros fueron usados en alguna ocasión para alguna duda puntual, o como ayuda en un antediluviano trabajo escolar. En el peor, fueron una compra compulsiva pensando en que serían indispensables para el desarrollo educativo de los más jóvenes… y jamás fueron abiertos.

La realidad, sin embargo, es cruel: las enciclopedias, como concepto tradicional, nacían ya muertas. El conocimiento, como la historia, cambia cada segundo, así que por definición ese conocimiento completo estaba desactualizado, y por tanto era falso. En un año hay fronteras distintas, banderas cambiadas, mandatarios fallecidos y tendencias extintas. El saber no se puede encerrar en un trozo de papel y unos gráficos de tinta, esperando a que queden para siempre así, congelados en el tiempo. La verdad, ya se sabe, puede ser cambiante.

De esa forma, en las estanterías de muchas casas la URSS o la antigua Yugoslavia siguen existiendo, el Muro sigue en pie y las dictaduras militares campan a sus anchas en varios rincones del globo. Sin embargo, con las excepciones de Corea del Norte y Cuba, el mundo es ya irreconocible fuera de esas páginas.

Internet ha traído innumerables cosas buenas. Hoy parece difícil imaginar cómo sería documentarse sobre algo, buscar ayuda para resolver un problema o, sencillamente, responder a una duda puntual, sin contar con su ayuda. Todo en nuestros días pasa por preguntar a esa enorme red de conocimiento que –ella sí– vive actualizada permanentemente, pendiente de cambios de equilibrios, discusiones y mutaciones. A veces sutiles, a veces definitivas.

La sociedad actual se enfrenta a problemas algo distintos a los que poblaban aquellas páginas amarillentas, algunos de los cuales ni existían cuando aquella enciclopedia fue colocada por primera vez en ese orden secuencial tan característico. Preocupa el medio ambiente como antes, pero de una forma distinta. Preocupa la guerra, pero con diferencias importantes. Preocupan el hambre, las desigualdades o el totalitarismo. Pero, y quizá es la cuestión más acuciante e inmediata, preocupa el saber a ciencia cierta que todos somos susceptibles de ser engañados y manipulados en aras de una finalidad concreta o para ocultar según qué partes de la verdad.

Pero ese miedo en realidad no tiene que ver con internet. La idea de los poderes en la sombra y de las manipulaciones son una constante en el cine y la literatura, y así ha sido durante siglos. Hay quien, a fuerza de aprender a desconfiar, desconfía como norma y ve conspiraciones incluso donde puede no haberlas. En ese sentido, internet, como ente vivo –a su manera– que es, no es una excepción. Más bien es un amplificador.

Bots, trolls y propaganda

En estos últimos años hemos aprendido que sí, que hay manos oscuras manipulando información para movilizar voluntades. Y hemos visto que sus maniobras funcionan: la mayor exposición a información falsa implicó, por ejemplo, un mayor número de votos para Donald Trump en las pasadas elecciones presidenciales en EEUU. Los supuestos bots rusos diseminando contenido manipulado con intencionalidad política han intentado intervenir no solo en los comicios del país más poderoso del mundo, sino también en procesos electorales como los de Francia o Alemania. No es solo un engaño masivo, es un arma de guerra.

Llevamos décadas riendo de cómo los ciudadanos pudieron tragarse lo de La guerra de los mundos, pero nuestro nivel de credulidad sigue siendo similar. Distintos argumentos, distintos recursos, pero un fin parecido: hacernos creer algo, y que funcione.

Cuando internet empezó a generalizarse y se percibieron las bondades de tener una ingente cantidad de información al alcance de la mano, también aparecieron las primeras preocupaciones acerca del acceso a dicho conocimiento: había tanta información que podía resultar complicado distinguir la buena de la mala, la útil de la accesoria. Ese fue el inicio del éxito de Google, no ya como compañía, sino como concepto: reunir, organizar y jerarquizar la información para que el usuario la pueda manejar. A fin de cuentas, lo que los medios llevaban haciendo más de un siglo.

Pero Google, como los medios, no lo enseña todo. Según algunas estimaciones, el buscador apenas habría indexado un 0,5% del total de información que hay en internet. Es cierto que no toda esa información es pública o abierta, pero lo es que un ingente volumen de las cosas que existen no se ven. Sencillamente, el usuario medio no puede encontrarlas y, por tanto, es como si en realidad no existieran.

Cuestionando al intermediario

Antes de internet los consumidores confiaban (más o menos) en los medios para que les contaran lo que sucedía. Pero igual que sucede con Google, los medios no lo cuentan todo: eligen qué contar en función de lo que pueden hacer y lo que les interesa. Y en esas capacidades e intereses intervienen limitaciones técnicas, pero también inclinaciones económicas e ideológicas. Las empresas de medios, igual que sucede con las empresas tecnológicas, no son fieles espejos en los que ver la realidad, sino representaciones más o menos interesadas del total.

Sucede que la generalización de internet y la sucesión de varias crisis económicas vinieron de la mano. Eso hizo que el sector de los medios viviera una profunda crisis, fruto de la obligada reconversión justo en un momento en el que empezaban a perder dinero: lo que hacían era carísimo y, encima, la gente empezaba a dejar de consumirlo.

Para hacer el problema aún mayor, en internet el negocio es aún más desfavorable. Aquí se lucha para obtener la atención del usuario, precisamente por esa sobreabundancia de recursos, muchos de ellos gratuitos. Además, los usuarios empezaron a desconfiar (aún más) de las empresas de medios porque tuvieron que abrirse al capital empresarial y político para sobrevivir. Los medios ya no eran la fuente principal, o al menos no la única, para saber lo que pasaba. Y la gente empezó a prestar ojos y oídos a otros intermediarios.

La eclosión de las redes sociales siguió ahondando en el problema. Rodearnos de nuestra gente y seguir a aquellos que nos interesan ha provocado la aparición de lo que se han llamado burbujas de opinión. Tampoco es algo nuevo, porque en general la gente siempre ha leído el periódico, escuchado la radio o visto los programas que más encajan con sus ideas. Son cámaras de eco, donde las mismas ideas resuenan una y otra vez, de forma que cuando en un timeline aparece un argumento político disonante, se tiene en muchas ocasiones a silenciarlo.

Podría decirse que se ha combatido el exceso informativo con la curación de algoritmos, intereses corporativos o la creación de entornos sociales donde no caben ideas que desafíen el pensamiento imperante. Ahora, muchos, que ya no se informan a través de medios, solo saben del mundo a través de lo que la gente de su entorno comparte y comenta.

Así, de la abundancia de información se ha pasado a la polución. Y esa ha sido la grieta que han encontrado esas manos negras para diseminar informaciones manipuladas. Fuera de los medios, cuando el proceso de verificación y autentificación falla, los virales y rumores campan a sus anchas, creando estados de opinión alterados que determinan, por ejemplo, decisiones políticas.

Los medios, como es evidente, también han tenido culpa en todo ello. Presos de la necesidad económica, han fiado todo su negocio a una publicidad que no premia la calidad, sino la cantidad de audiencia. Así, se han abierto a contenidos virales que no aportan nada interesante, pero que sencillamente hacen que la gente consuma en masa. Ya no importa tanto el qué, sino cuántos. Y en esa desesperada carrera por sumar lectores multiplicando la oferta de contenidos y bajando los estándares de calidad, las noticias falsas han encontrado un vehículo ideal a través del que proliferar.

Próximo objetivo: tu WhatsApp

Así las cosas, los propios medios, llamados a auditar la realidad para verificar sus contenidos, han ayudado a promover información manipulada. Y eso, añadido a su propio sesgo ideológico y sus intereses económicos, han reforzado la desconexión de unos usuarios cada vez más alejados de ellos y más encerrados en sus burbujas de opinión. Hay un importante desorden informativo producto de la manipulación intencionada y de la incapacidad de los medios por combatirla.

Pero cuestionar a un intermediario –los medios– no hace mejores a los otros. Los buscadores no muestran todo, y también jerarquizan basándose en algoritmos que contemplan consumo o, incluso, contenido pagado. En los entornos sociales se ensayan fórmulas para marcar contenido falso o promocionar el verdadero, pero no deja de ser también peligroso poner en manos de una empresa tecnológica el control sobre lo que vemos y lo que no, o en qué medida algo es cierto o falso.

Los expertos señalan que el próximo salto del proceso (después de medios, buscadores y redes sociales) será ir a lo aún más personal: la información manipulada que salta de conversación en conversación a través de las apps de mensajería como WhatsApp. Esta app, por su parte, ya ha revelado una posible actualización a corto plazo en la que aquellos contenidos que hubieran sido compartidos en muchas conversaciones aparecerían marcados a modo de advertencia para que el usuario sepa que se trata de un contenido no original. No se oculta el contenido, solo se señala.

¿Y qué culpa tengo yo?

Con todo, es evidente que las empresas de medios han fallado en su función primaria de informar de forma honesta y veraz. Lo cual no quiere decir ni que todas hayan fallado ni que lo hayan hecho de una forma total. Sin embargo, el usuario ha huido en masa de los medios convencionales para entregarse a otras formas más seductoras de acercarse a la información.

En esa vorágine, muchos medios han intentado evitar fugas de audiencia apuntándose a esa seducción tantas veces antiperiodística, al tiempo que las empresas tecnológicas (buscadores y redes) han sacado tajada de su nuevo protagonismo. A fin de cuentas, la compra de contenido patrocinado es el mejor vehículo para difundir mensajes, ya sean verdaderos o falsos.

Sin embargo, una parte importante del colapso informativo actual tiene que ver precisamente con el usuario. No por su decisión de buscar alternativas cuando su fuente principal de conocimiento ha fallado, sino de favorecer ciertas lógicas de consumo que han agravado el problema. Por citar algunas, la aversión a ideas que contradigan las suyas propias o, en la línea, conceder credibilidad a casi cualquier argumento que favorezca esos planteamientos regularmente ideológicos, por inverosímiles que sean.

Además, los usuarios han dejado de querer informarse, no solo a través de medios, sino en general. La caída de consumo informativo o la tendencia de informarse a través de breves titulares (sin leer más), frases descontextualizadas y vídeos pensados para ser compartidos en el timeline de cada cual son un caldo de cultivo más que propicio para argumentaciones sin contexto, ideas incompletas y verdades interesadas.

¿Son por tanto el ‘slow-reading o los long-forms el remedio a los males actuales? Evidentemente no: los formatos importan, pero no definen. Una infografía, por ejemplo, es un magnífico recurso que puede usarse para informar… o para manipular, y eso a pesar de contener información verídica. Solo hace falta alterar la representación gráfica para manipular la percepción. No hay que ir muy lejos ni muy atrás para encontrar ejemplos.

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