El letrero que recibe al viajero es un golpe al estómago. “Bienvenido a Atmore. Viejos amigos y nuevos comienzos”. El cártel de bienvenida está firmado por lo que queda de los indios Creek, la tribu que opera el casino de la zona y que reporta grandes beneficios y genera empleo en esta comunidad de poco más de 10.000 habitantes al sur de Alabama.

Un total de 179 personas esperan en Atmore su turno para la inyección letal: entre ellos 89 hombres negros; 82 blancos; una mujer negra y cuatro blancas (hay otros tres hombres de distintas razas). Un año después de que el Estado ejecutara a Thomas Arthur, 75 años, Alabama ejecutó este mes de abril a Walter Moody, el único octogenario en sufrir la máxima pena desde que EEUU volvió a introducir la pena de muerte en 1977 en su sistema judicial.

Y si el Tribunal Supremo de Estados Unidos no se pronuncia en contra, Alabama acabará con la vida de Vernon Madison. Obviando lo obvio, que ningún país que se llame a sí mismo desarrollado puede mantener en su legislación el homicidio legal de sus ciudadanos, la pena de muerte mantiene un tortuoso camino de apelaciones y suspensiones que le enfrenta con la Constitución americana.

Más informacion en: El País 

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