Esta historia no es una película protagonizada por un Tom Hanks barbudo. Es la de Carmelo Celis, José Luis Duarte y Xavier Requena, tres pescadores que viven en Cuyagua, población costera del estado Aragua. Durante tres días de 2016 estuvieron perdidos en el mar. Fueron 72 horas que comenzaron la madrugada el 28 de octubre y culminaron el 1 de noviembre, también de madrugada. Durante aquellas noches y días, sus vidas estuvieron entre el vaivén de las olas y de las corrientes.

¿Cómo sobrevivieron sin comida, ni agua? El ingenio y las ganas de vivir fueron los motores que evitaron que el mar los devorara.
Eran las 5:00 de la mañana

Las embarcaciones sencillas de los pescadores siguen atadas, reposando en el puerto de Cuyagua, a las 5 am. Los pescadores, guiados por la calidez del amanecer, recorren una vía estrecha que huele a sembradíos de cacao y suena a río apacible, el mismo río que conecta con el mar y separa la playa de Cuyagua de Playa Caleta.

La tarea de Carmelo, José Luis y Xavier era la misma de toda la semana: armar las carnadas, revisar la gasolina, revisar los motores, revisar el material de trabajo y luego salir al mar en el peñero con el objetivo de traer una buena cantidad de pescado para vender.

En el mar, la vida es trabajosa

A las 7:30 de la mañana ya los pescadores estaban listos para salir. El primer recorrido que hicieron fue de, aproximadamente una hora y cincuenta minutos. “Uno hace el primer recorrido, comienza a poner las carnadas y las redes. En ese momento apenas estamos empezando, y de ahí pa’ lante lo que hay es trabajo y sol”, dice Carmelo Celis, quien fungía como el capitán encargado de esa embarcación y quien, además de ser pescador, también es bombero, salvavidas y músico, al punto de que pertenece a una agrupación de Cuyagua llamada “Los Casi Locos”, especializados en tocar tambor y poner a bailar a las personas.

“En ese primer recorrido agarramos el mar más hacia Cata -pueblo colindante con Cuyagua- y la corriente nos fue sacando poco a poco, pero no nos dimos cuenta. Además no llevamos celulares ni brújulas que nos dijeran hacia dónde íbamos”, cuenta Carmelo, quien reconoce que fue un error salir al mar de esa manera.

A las 2:30 de la tarde, los pescadores realizaban su segundo recorrido por alta mar. Ajustaban carnadas y revisaban que todo estuviera en perfecto orden. Administraban la comida que cada uno había llevado y tomaban agua. Luego, a partir de las 3:00 de la tarde, comenzó la fiesta de la recolección.

Dorado, carite, pez espada, atún y hasta un tiburón pescaron.
“Comenzamos a sacar lo que habíamos pescado y vimos que era bastante. Sacamos un atún grandísimo, que se llama atún oceánico y un tiburón que pesaba como 130 kilos”. Mientras lo cuenta, el rostro de Carmelo dibuja una sonrisa emocionada.

“Teníamos un dineral allí, eran como 700 kilos en pescado. Imagínate, yo calculo que eso eran 3 millones en ganancia para el dueño de la lancha y un millón para cada uno de nosotros”.

Carmelo comenta que el dueño siempre se lleva en ganancia la mitad de todo lo que hacen los pescadores, y que ellos se reparten el dinero en partes iguales sin distinción.

(¿) El regreso (?)

Luego de recoger, ordenar y disfrutar de la cantidad de pescado, los tres pescadores comenzaron su viaje de vuelta a Cuyagua.

Veían a lo lejos parte de Puerto Cabello -Carabobo- y el hospital de Ocumare de la Costa -pueblo cercano a Cuyagua- por lo que volver a tierra sería algo sencillo, relata Carmelo.

“Por la distancia yo calculé que tardaríamos dos horas de viaje, porque estábamos un poco lejos, pero no tanto. Teníamos dos tanques full de combustible, eso nos servía para casi 4 horas de camino, así que estábamos tranquilos” .

Mientras Carmelo aceleraba, el motor rugía, Xavier y José Luis almorzaban, el sol se ponía, los pescadores se sabían victoriosos y veían las luces que les esperaban en tierra firme.

De pronto, se dieron cuenta de que algo no andaba bien.
“Yo le daba y le daba, íbamos rápido y veía el resplandor a lo lejos, pero sentía que estábamos en el mismo lugar, y ya se hacía de noche, no entendía. Teníamos más de una hora corriendo (navegando) y nada que llegábamos, y después de casi cuatro horas, decidí parar la lancha porque ya no nos quedaba casi gasolina”, afirmó Celis.

Aproximadamente a las 10:00 de la noche del 28 de octubre, los tres pescadores de Cuyagua tenían pocos litros de combustible, no tenían comida, no tenían agua y no sabían a ciencia cierta en qué parte del vasto mar estaban ubicados. Carmelo y los muchachos comentan que le pidieron ayuda a un barco de bandera china. “Les pedimos socorro, se negaron, luego les pedimos agua y nos ignoraron”.

Esa noche tuvieron que aceptar que se iban a quedar un buen rato en el mar y comenzaron a hacer guardias para que, mientras el sueño atacaba, uno de los tres se mantuviera despierto por si veían algún barco que los pudiera socorrer o incluso por si se generaba algún problema.

Y en tierra firme… la espera

“Los muchachos no llegaron al pueblo”. Este fue el mensaje de texto que recibió aquella noche Félix Martínez, uno de los -aproximadamente- 500 habitantes de Cuyagua en su celular.

“Activamos una especie de guardia y un dispositivo de búsqueda en la mañana siguiente, teníamos fe de que iban a aparecer, pero en realidad no sabíamos qué les podía haber pasado para que no llegaran esa misma noche”, cuenta. Llamaron a los pueblos cercanos para dar la información y para saber si alguien conocía del paradero de los pescadores.

En la mañana del sábado 29 de octubre zarparon varias lanchas con pescadores y lugareños para buscar a sus paisanos o, por lo menos, de encontrar indicios sobre su paradero.

Sin agua y sin comida en el mar

Es mediodía y ya el trío de pescadores tiene más de 24 horas en el mar. Con hambre y sed, pero sin agua ni comida. Además, los pescados comenzaban a descomponerse.

Carmelo esboza su tristeza por tener que botar parte del tesoro que habían recolectado. “Ese día teníamos confianza de que nos estaban buscando, es lo que solemos hacer en el pueblo, pero los pescados se estaban empezando a podrir, eran muchos y el sol ya los estaba dañando, así que esperamos unas horas y luego empezamos a lanzar algunos de vuelta al mar”.

Se acercaba la noche del 29 de octubre y no tuvieron otra opción. Lanzaban al mar más piezas de su tesoro. Sin embargo, Carmelo decidió guardar uno de los atunes oceánicos. Para su cálculos, este ejemplar medía mas de metro y medio.

“Yo piqué el atún y lo abrí como si fuera a sazonarlo. Le quité las espinas y los muchachos me veían como con cara de sorpresa, no entendían qué estaba haciendo (…) le quité la mayor cantidad de espinas que pude, lo raspé un poco y lo abrí como para ponerlo al sol, a ver si se ahumaba y por lo menos podíamos comer eso”, dijo Carmelo.

Los pescadores comieron un poco del invento de Carmelo, solo un poco porque no tenían agua y la idea era “espantar el hambre”, pero no deshidratarse.
En la noche del 29 de octubre volvieron al sistema de guardias y seguían a la espera de algún barco amigo que pudiera socorrerlos, aún había esperanza.

“Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”

Recuerda Carmelo que al despertar el domingo 30 de octubre sintió una especie de vacío en su ser, pero no era hambre ni sed, era una duda que se clavaba en su cuerpo y no lo dejaba.

“Por un momento me dije: ¿bueno, será que no nos están buscando? No entendía, ya habían pasado dos noches y nada que aparecían las lanchas buscándonos pues”, destacó Carmelo.

Pero sí los buscaban, en el pueblo había tristeza, desolación y hasta resignación, pero un grupo de habitantes aún mantenía la esperanza y, además de zarpar una y otra vez, recurrieron a la Virgen de la Inmaculada Concepción, patrona de Cuyagua, cuya imagen reposa en la iglesia del pueblo y que, por esos días, recibió más visitas de lo normal.

“Creemos mucho en ella (en la virgen) y varios fuimos a verla y a rezarle. Yo tenía un poco de frustración pero algo me decía que los chamos iban a aparecer”, dice Félix.

Carmelo “McGyver”

Conocidos ya los oficios de Carmelo, el pescador, bombero y salvavidas, comenzó a funcionar como una especie de navaja suiza y sacó recursos brillantes de donde podía.

No llovía, pero sí había un fuerte sol y eso generaba mucha sed en los muchachos, quienes estaban rodeados de una gran masa de agua que no es recomendable beber cuando estando tan sedientos, así que Carmelo colocó una de las tazas de plástico que habían llevado para tomar el agua que tuvieron al iniciar el viaje y le puso un poco de agua salada, luego la puso al sol.

“Yo puse esa taza a sudar, pues. A ver si por el calor comenzaba a botar gotas y funcionó, por lo menos podíamos mojarnos los labios e hidratarnos un poco”, destacó Carmelo, quien recordó que, al tercer día, seguían comiendo pescado soleado, pero todo de a poquito.

Carmelo se percató de que la corriente era un problema, que los podía llevar mucho más profundo, después de todo, los pescadores aún veían reflejos de luces y el boceto de una montaña, pero ya no sabían en qué parte estaban. Carmelo tomó dos tobos (cubetas) y las amarró a dos pedazos de madera para hacer una especie de remos y hacer lo posible porque la corriente no los arrastrara tanto.

“Fíjate lo que son las cosas, todos los días antes de que nos pasara eso, había llovido bastante y en esos días no llovió nada, entonces no teníamos ni lluvia para tomar. Puse los tobos para ver si agarrábamos agua y no llovía, entonces los agarré de remo, por lo menos”.

Finalizaba el domingo 30 de octubre y los pescadores seguían en altamar. Xavier y José Luis se veían notablemente afectados y tristes, según vio Carmelo, quien manifestó que él también sentía un poco de tristeza pero no “podía darse el lujo demostrarla”, después de todo, él era quien los llenaba de esperanza con sus peripecias.

El “barco salvación”

Xavier hacía guardia en la madrugada del 1 de noviembre. Entre 2:00 y 3:00 de la mañana, vio una luz que se acercaba a ellos. Se frotó los ojos y volvió a ver, no era producto de su imaginación, era un barco.

Despertó a José Luis y a Carmelo, “¡viene un barco, ese barco se llama salvación, yo que te lo digo!”, exclamó Xavier a sus compañeros, quienes comenzaron sonar pitos y a buscar formas de llamar la atención de los tripulantes del barco.

Sin embargo, la nave viajaba a una distancia considerable como para que los vieran en plena madrugada. Afortunadamente la velocidad no era mucha, así que tenían tiempo para saber qué podían hacer para llegar al barco.

“Yo pensé en hacer una vela para acercarnos al barco y no gastar gasolina. La hice y el viento no soplaba”, dijo Carmelo, quien comenzó a idear planes para acercarse al barco que ya les había pasado cerca y que parecía haberse detenido.

Xavier y José Luis siguieron haciendo sonidos para llamar la atención de la tripulación de aquel barco y el viento comenzó a soplar.
Carmelo recuerda que alcanzaron velocidad; “unos 6 u 8 nudos”, dijo cree haber alcanzado, lo suficiente como para acercarse un poco más a aquel barco.

“Yo quiero beber agua de ese barco”, dijo Xavier en la madrugada del 1 de noviembre, recuerda, y Carmelo asegura que eso fue lo que los empujó a utilizar la última exhalación de combustible para que la lancha llegar a colocarse justo frente al barco. Xavier y José Luis lloraban, recuerdan, porque la salvación estaba cerca.

Carmelo, quien afirma hablar un inglés “machucado”, dijo varias palabras, pero nadie en el barco entendía hasta que dijo “SOS”, señal internacional para pedir socorro. Las tres letras más importantes que quizás Carmelo vaya a pronunciar en su vida funcionaron: el capitán del barco envió una lancha a rescatarlos y, luego de confirmar que se trataba de náufragos y no de delincuentes, les dieron acceso a la nave.

“Kujawy” ( se lee Cuyagüi)

“Yo digo que eso fue cosa de la Virgen”, recuerda Félix sonreído al pensar cómo era posible que el barco que rescató a los pescadores se llamara Kujawy y su nombre tuviera tanta semejanza con Cuyagua.

Resulta que Kujawy es el nombre de una ciudad ubicada en el centro de Polonia que también es conocida como Cuyavia. El barco que lleva su nombre es una nave de carga que tiene bandera de Bahamas desde el año 2005 y que se encontraba en la costa venezolana entregando cargamento en Puerto Cabello.

Al subir a la nave, Carmelo recuerda que el capitán lo saludó y que lo primero que le dieron a los pescadores fue agua, mucha agua. Luego de revisar su estado de salud, con la ayuda de un intérprete, le dice a Carmelo que se encuentran justo al frente de Puerto Cabello, ante la incredulidad del pescador, el capitán le muestra el mapa y, efectivamente, estaban en la costa del estado Carabobo, que limita con el estado Aragua.

“Llamamos al encargado de la guardia del Puerto y yo creo que estaba dormido, porque nos contestó dos veces y las dos veces nos colgó la llamada”, recuerda Carmelo. Sin embargo, el capitán le pidió algún otro número para informar que estaban bien y Carmelo recordó el teléfono de su casa.

Celis recuerda que fue su madre quien contestó y, de la impresión (supone), le colgó la llamada. Luego intentó de nuevo y fue su exesposa quien tomó el teléfono.

-Estamos bien, estamos a salvo, en un barco que se llama Kujawy, frente a Puerto Cabello.

-¿Cómo se llama el barco? Ese nombre no es posible.
Esa fue parte de la conversación entre Carmelo y su expareja, quien se dedicó a informarle a todos los habitantes del pueblo que los tres pescadores estaban sanos y salvos. Una comisión fue hasta Puerto Cabello – a 30 minutos en lancha desde Cuyagua– para esperar a los sobrevivientes.

Mientras tanto, ya amanecía; el sol anunciaba la llegada del lunes 1 de noviembre, pero los pescadores aún seguían duchándose y comiendo, sobre todo comiendo.

“Recuerdo que me dieron unos de esos chocolate gringos y eso estaba sabroso. Cada vez que venía el chamo del barco, yo solo le pedía chocolate y él se reía y me decía en inglés ¿chocolate? Y yo respondía que sí, que trajera más. Creo que en ese poco tiempo nos comimos como cien de esos”, recuerda Carmelo, quien ya podía respirar y entregarse a las emociones que lo habían estado acompañando durante toda la travesía.

De vuelta a casa

Escoltados desde Puerto Cabello y con combustible en su lancha, Carmelo, Xavier y José Luis regresaban emocionados a Cuyagua. Apenas divisaron la costa, vieron agrupadas a las pocas personas que habitan el pequeño pueblo y al bajarse sintieron el amor y el aprecio de todos los que, con preocupación, les buscaron durante esos días.

“Yo sabía que me querían, pero no pensé que me querían tanto”, recuerda riéndose Carmelo, quien también rememora que su recibimiento fue una gran fiesta y que al día siguiente, pudo comerse una arepa hecha por la madre de José Luis.

Le pregunté a Carmelo si había hecho algún tipo de promesa, de esas que hacen las personas cuando sienten que van a morir y que la tienen como promesa de vida:

-Sí, cada uno hizo como una especie de promesa o juramento.
-¿Qué prometiste tú, Carmelo?
-Prometí que le pediría a mi exesposa que volviera conmigo.
-¿Y qué te dijo?
-Que no.
EFECTO COCUYO

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