Son pocos los que llegan a pedir algo a la esquina de Bolero. En otros tiempos —los de Chávez— la retahíla de ruegos era interminable: por vivienda, empleo, reivindicaciones laborales o ayudas para realizar procedimientos quirúrgicos. Al eje que conforman el Palacio de Miraflores, el Palacio Blanco y el Regimiento de la Guardia de Honor Presidencial se iba a suplicar. Los días y los presidentes cambian y cualquier protesta o intento de ella con suerte alcanza la Vicepresidencia de la República, en Carmelitas.

Miraflores se cerró a las visitas. Al poder le incomodan hasta sus vecinos. Las rejas no le son exclusivas a quienes buscan resguardarse de la inseguridad. El perímetro de la casa de gobierno se convirtió en un área inaccesible. Hay rejas en las aceras. Hay conos en las esquinas. Hay militares a cada metro. “¡Qué nadie se acerque!”, es la consigna silente. Pero Miraflores no es una isla. Tiene vecinos que ven cómo les mueven las paradas de autobús —ya de por sí desorganizadas—, le trancan las calles cada vez que hay un acto oficial y después de las nueve de la noche no pueden pasar de la avenida Urdaneta a la Sucre en línea recta. Se impone el desvío, irónicamente, por El Silencio.

Desde que terminaron las protestas, en julio, el perímetro del palacio presidencial quedó cerrado. El transporte que se dirige hacia la avenida Baralt y La Pastora debe desviarse por Carmelitas. Y cada vez es menos frecuente ir en línea recta entre las avenidas Urdaneta y Sucre. Depende del ánimo del militar turno.

Cada tanto, el Ejecutivo inventa una nueva manera de resguardarse. La última resolución fue construir barricadas hechas con sacos de arena. Esos refugios están en cada esquina. Las hay en Bolero, en Paraíso, en Pineda. También en la parte de atrás del Palacio, hacia la avenida Sucre. “No sabemos para qué es eso. ¿Quién los ataca? Nadie. Si alguien los ataca, será alguno de ellos mismos”, vaticina Nelson Roa, habitante de la parroquia Altagracia desde hace 20 años. “Ponen sacos porque tienen miedo. Ellos están esperando una guerra”, aventura una mujer con más de 60 años en el sector, que se niega a dar su nombre, pero que asegura ser fundadora de la cuadra de Poleo a Buena Vista. En seis décadas es mucho lo que ha visto: “Cuando había democracia, uno vivía tranquilo. La gente era decente. Ahora hay puro malandro”.

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