Las protestas que tomaron las calles de Venezuela desde comienzos de abril, pero que ya parecen extinguirse, pusieron a prueba no solo al Gobierno de Nicolás Maduro, sino la cohesión de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), la alianza opositora que agrupa a 21 partidos y movimientos, que convocó las manifestaciones.

Marcha opositora en Caracas el 12 de agosto.

La precariedad de sus acuerdos internos, siempre bajo amenaza de indisciplinas y escisiones, terminó siendo –como en otras ocasiones– un hándicap para la activación oportuna de iniciativas que aprovechen las coyunturas y, de paso, complazcan las expectativas de todas las partes. De hecho, la coalición luce debilitada después de la campaña insurreccional, tras la deserción de una de sus caras más visibles, María Corina Machado, y el creciente protagonismo del grupo denominado La Resistencia, que nutre sus filas de jóvenes fogueados precisamente en las refriegas callejeras de los últimos cuatro meses contra los cuerpos de seguridad.

Pero no todo son malas noticias para la organización. Surge una nueva camada de líderes jóvenes, formales pero con calle: muchos han estado en la primera línea de las escaramuzas de las últimas semanas. Y los reúne un sentimiento de pertenencia a una misma generación. “En los últimos cuatro meses, cuando hemos salido a protestar todos los días, con quienes nos hemos encontrado en la calle son los mismos con quienes salimos hace 10 años. Tenemos amistades verdaderas. Por eso, independientemente de en qué partido militamos, podemos articularnos y poner el país por delante”, dice Roberto Patiño, diputado a la Asamblea Nacional por el partido Primero Justicia (PJ).

Patiño (nacido en 1988) y sus colegas Manuela Bolívar (1985, Voluntad Popular), y Armando Armas (1981, Voluntad Popular), conversan con EL PAÍS en Caracas. Los tres representan antes que nada a la llamada Generación de 2007, la edición de dirigentes estudiantiles que ese año surgió en rechazo del cierre de la cadena de televisión privada RCTV por parte del Gobierno de Hugo Chávez.

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Pasada una década de esa eclosión, todavía es pronto para determinar si a los alevines políticos de entonces corresponderá llevar las riendas del país por muchos años, como durante medio siglo hicieron los estudiantes que en 1928 se enfrentaron al dictador Juan Vicente Gómez y luego se convertirían en los padres de la democracia en Venezuela. Tienen una tarea pendiente: sacar del poder al chavismo. Mientras tanto, exhiben algunos logros de importancia, como la primera derrota electoral que aceptó el chavismo ese mismo 2007, cuando se llevó a consulta popular una reforma constitucional que Chávez impulsaba.

Las refriegas del segundo cuatrimestre de 2017 acumulan un saldo ominoso de muertos, heridos y arrestados que sigue poniendo a prueba el arrojo de la dirigencia y las bases de la oposición, que salen a las calles casi inermes a hacer frente a unos cuerpos de seguridad armados hasta los dientes. En uno de los episodios más graves de la campaña, el 5 de julio, grupos de choque del oficialismo asaltaron la Asamblea Nacional, que entonces sesionaba. El joven diputado por el estado de Anzoátegui, Armando Armas, recibió de lleno la andanada de los agresores. La imagen de su cuerpo tendido sobre los adoquines del patio central del Palacio Federal Legislativo, presa de convulsiones a consecuencia de los golpes, se convirtió en un emblema de estas jornadas. Sin embargo, confía, no se trata del incidente más doloroso por el que ha tenido que pasar en estas semanas. “Me afectó mucho el asesinato de César Pereira. Era un chamo que yo metí en política. Embolsaba las compras en un mercado de chinos en Puerto La Cruz. Iba encapuchado en la manifestación en que la policía lo mató con una canica”.

“Para mí es complicado”, refiere Manuela Bolívar, hija del exgobernador del estado de Aragua y aliado político del chavismo, Didalco Bolívar –con quien “estos han sido años de silencio, muchísimo silencio”–. “Cuando trago gas tengo que hacer todo un protocolo porque le estoy dando pecho a mi chamo. Yo veo que una cosa era protestar en el 2007, cuando tú sentías que todavía había como una contención del régimen; en cambio hoy, cuando estoy en una protesta, reconozco en mí un miedo que antes no sentía, porque ahora sabes que el régimen busca asesinar”. Bolívar es madre de dos bebés, graduada en Psicología con una maestría en Gestión Pública.

Bolívar asoma la hipótesis de que, surgida en el marco de una extrema polarización política, su generación se ha impuesto la misión de aprender a construir puentes entre distintos para ponerlos a trabajar por una meta común. Resulta una descripción bastante aproximada de la tarea que cumple su colega Roberto Patiño, Ingeniero de Producción de la Universidad Simón Bolívar (USB) de Caracas con una maestría en la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard. Además de sus responsabilidades en el partido Primero Justicia y el parlamento, dirige Miconvive, una ONG para la prevención de la violencia en barriadas del oeste de Caracas, y el programa Alimenta la Solidaridad, por el que ofrece todos los días comida a 765 niños en nueve comedores “pero no como una acción de caridad sino como un programa de corresponsabilidad; yo consigo los insumos y las madres de la comunidad hacen el resto. La gran mayoría de esas madres fueron chavistas y ahora rechazan al Gobierno. Pero nosotros no estamos buscando sembrar entre ellas una lealtad o un mecanismo clientelar. No pedimos nada a cambio”.

El acento en lo social parece constituir un punto de coincidencia para estos jóvenes que, contrapuestos a un proyecto hegemónico que se quiere de izquierda, no pasa por alto los lastres que suponen para la democracia las situaciones de inequidad. “Al oponente lo tenemos bien definido”, asegura Armando Armas, “pero la derrota del chavismo no es el desafío; eso es solo un escollo. El verdadero objetivo es la superación de la pobreza en paz y democracia”.

“Algo significativo para nuestra generación es que en un futuro vamos a poder decir que nos ganamos la democracia luchando en la calle. No es que nacimos y eso ya estaba. Me entusiasma, porque yo creo que la forma de resolver nuestros problemas es a través del empoderamiento, a través de asumir las responsabilidades, a través de superar las relaciones de dependencia y las comodidades”, concluye por su parte Roberto Patiño.

EL PAÍS

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