Habrá sido el color del mar. Ese azul casi negro del mar venezolano, que a menudo se disfraza de gris por el chispeo de las olas y el viento, debió ser lo primero que notaron los pasajeros del SS. Konisgtein mientras se acercaban a las costas de Venezuela. Al igual que el SS. Caribbia, el barco había salido de Hamburgo en 1939 con una valiosa carga que fue despreciada en distintos puertos del Caribe.

Eran tiempos en que el país daba tumbos tratando de encontrar su camino a la democracia. Fue a Eleazar López Contreras a quien le tocó la complicada decisión de dejar desembarcar a las familias judías que escapaban de una Europa lacerada por la Gran Guerra y por otra que apenas comenzaba. Y difícil decisión, permitir aquello podía ser tomado como una afrenta directa a Hitler —quien cada vez se hacía más poderoso e influyente. Algunos pasajeros lograron enviar telegramas a familiares que vivían ya en el país. Por consiguiente, la comunidad judía del país hizo grandes esfuerzos para lograr el permiso que ya había quedado en las exclusivas manos del presidente. Pero cuentan que fue la primera dama, María Teresa Núñez de López, quien logró el exhorto final. Convenció a su marido para que diera la anuencia a esta gente, que ya temía volver a su puerto de partida o a otro destino incierto más allá de las oscuras aguas del mar venezolano.

Ese grupo de judíos ashkenazis que bajó del barco se unió a la comunidad judía criolla, en su mayoría compuesta por sefardíes con profundas raíces en el país, algunas que pueden rastrearse hasta la colonia.

A comienzos de los 40 se funda el colegio Moral y Luces, hoy Hebraica, con la idea de tener una escuela de primera categoría donde además se dieran materias judaicas. Esa escuela, se convertiría en un centro comunitario y, quizás, en el punto de encuentro y unión de las comunidades judías de Caracas. “Fue, además, un reducto de educación democrática”, comenta Ruth de Krivoy. En los años posteriores a su fundación albergó mentes brillantes de la talla de Leandro Mora, Luis José Bellorín, Elio Gómez Grillo y Rafael Cortesía, que por adecos o izquierdistas, se encontraban execrados políticamente, y habían quedado para enseñar a los muchachos judíos de la segunda mitad del siglo XX. Transmitieron valores, vocación de servicio y un fuerte sentimiento de arraigo por este país: su nuevo país.

Es por esto que resulta tan doloroso el allanamiento del Hebraica en 2004. Una operación que además se llevó a cabo con los niños en las instalaciones, y 25 agentes de la DISIP buscando armas en conexión con el asesinato de Danilo Anderson. Y esa fue la primera vez. Hubo un segundo allanamiento, que tuvo lugar en 2007.

“Venezuela fue un país receptor para muchos judíos donde se les trató con respeto. Donde llegaron a tener mucha cabida en actividades públicas”, vuelve Ruth de Krivoy, quien es uno de esos tantos ejemplos de apertura. Fue Presidente del Banco Central entre 1992 y 1994. Además, tuvieron la oportunidad de hacer grandes aportes a las artes. Isaac Chocrón, uno de los mejores dramaturgos del país, era judío. Igual que la artista plástico Susy Iglicki —quien llegó a bordo del Konigstein con cuatro años de edad. También Emil Friedman, fundador de una de las canteras musicales más valiosas de la nación. Ingenieros como Paul Lustgarten fueron clave en el boom de las grandes obras de infraestructura cuando el país dejaba su cariz colonial y rural para darle paso a la modernidad. Y ni hablar de los aportes en ciencias y medicina. Muchos fundaron hospitales y han entrenado a generaciones de médicos. Los nombres ya se confunden y la gente los identifica simplemente como venezolanos.

Y entonces llega Hugo Chávez a la presidencia de la República. Y en 1998 busca romper con todos los sistemas tradicionales. Además, se rodea de una serie de personajes muy vinculados al radicalismo islámico, que lo convierten en un aliado natural de Hezbolá y Hamas. Visitó a Hussein e hizo migas con Gaddafi. Utilizó a su favor la fábula de la conspiración sionista, supuestamente fraguada entre Israel y los Estados Unidos. Se ensañó con una comunidad a conveniencia porque no le calzaba en su juego.

Esas alianzas del gobierno venezolano con grupos extremistas terminan siendo explicativas de las tácticas de intimidación para presionar a sectores de la sociedad que se le oponen, o que simplemente se le resisten. El 30 de enero de 2009, un grupo de 15 personas armadas, similar a los que se identifican hoy como colectivos, anteriormente llamados “Círculos bolivarianos”, y que son reconocidos más bien como grupos paramilitares, irrumpió en la Gran Sinagoga Tiferet Israel en Maripérez. Profanaron el templo. Lanzaron al suelo los rollos sagrados de la Torá y rayaron las paredes con mensajes maldiciendo e insultando a los hijos de Abraham. Era difícil desvincular al gobierno de los hechos ocurridos en la sinagoga. Acaecieron casi simultáneamente con el rompimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Y, posteriormente, también en 2009, Chávez dedicó varios insultos a la comunidad hebrea y comentarios irresponsables como llamarles “descendientes de quienes crucificaron a Cristo.” Por infantil y risible que suene, un comentario como ese califica de crimen de odio.

“La economía no es la única razón por la que muchas familias judías deciden emigrar. Sobre todo en Venezuela, que se ha venido caracterizando por su economía volátil. El punto es que donde quiera que haya una mezcla de malestar económico y antisemitismo, los judíos se van, pues al final se trata de buscar bienestar para el futuro de sus hijos,” comenta Ruth. Y luego apunta que la emigración comenzó durante los años 90, cuando ya se veía que el país estaba encaminado a una situación crítica que se hizo evidente una vez que Hugo Chávez llegó al poder. “Venezuela está ahuyentando a sus mejores valores, y está perdiendo no una, sino dos generaciones. Este éxodo -de los venezolanos en general- empezó cuando Caldera.”

Antes de los hechos de 2009, Chávez había venido cargando contra prominentes miembros de la comunidad. Fue el caso de Salomón y Alfredo Cohen, constructores de renombre, cabezas la Constructora Sambil. Esta última alzó, entre otras edificaciones, los centros comerciales de análogo nombre. En 2008, durante un Aló Presidente, su programa de televisión de los domingos, ordenó la expropiación del centro comercial Sambil que se estaba construyendo en la Candelaria, en Caracas. “¡Pare eso, señor alcalde!”, dijo refiriéndose a Jorge Rodríguez, “vamos a revisar todo eso y vamos a expropiarlo y convertirlo en una clínica, una escuela o una universidad”, espetó su orden. En su momento, la esperada inauguración del Sambil La Candelaria era vista por muchos vecinos de la zona como la llegada de la modernidad, una oportunidad de remozo y una plusvalía para sus propiedades. De un plumazo o, mejor dicho, de un sablazo, el Presidente derrumbó sueños y pretensiones. “Respetamos la propiedad privada, pero debe tener justificación social. Nunca ha debido darse la autorización. La dio la Alcaldía de Caracas y ya mandé a investigar, porque tendrán que sacarme de Miraflores para que se permita esa construcción”, justificó Chávez su descabellada arbitrariedad. La historia es de abandono. El proceso de expropiación no se completó y el inmueble fue invadido, quedando los comerciantes y el grupo Sambil con la titularidad y sin el uso. Tampoco hubo escuelas y mucho menos centros de salud pública. Seis años después, y en el marco de la desocupación de la Torre de David, Ernesto Villegas, Ministro para la Transformación de Caracas, anunció un proceso parecido para el Sambil de la Candelaria. En una entrevista que hiciera Albinson Linares a Freddy Cohen y que apareció publicada en Prodavinci, éste manifestó tener esperanzas y la disposición de hacer los esfuerzos necesarios para recuperar las instalaciones.

Según información de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV) para 2010 la comunidad judía se había reducido a la mitad en una década. Hace tres años, dos tercios de los judíos venezolanos ya habían salido del país. Los números no son claros pues para 1999 registran entre 18.000 y 20.000. En 2014 se hablaba de una población alrededor de 9.500. En un trabajo para el portal Caracas Chronicles, Rachelle Krieger, entonces estudiante de periodismo de la Universidad de Nueva York, comentaba que, en 2011, del Colegio Hebraica se graduaron 120 alumnos. La promoción de 2014 no suma ni 70.

Alejandro Benzaquén, quien participaba en el Departamento de Juventud del Hebraica, comenta que del grupo de 108 muchachos que se graduaron con él en 2008 quedaban en Venezuela alrededor de 17 seis años después. El mismo Alejandro, con su título de Comunicador de la Universidad Monte Ávila bajo el brazo, se mudó a Florida buscando paz y, sí, libertad.

Así como en los tiempos de López Contreras había llegado a Venezuela una inmigración necesaria de gente preparada, profesional, técnica y cultora de las artes, hoy es ése el capital humano que exporta Venezuela. Y es un barco que no discrimina por raza, religión, clase social, o género. Los emigrantes siempre hablan con nostalgia del azul intenso y eléctrico del cielo venezolano. “Que eso no se encuentra en ninguna otra parte”, dicen. Pero mientras despega el avión, quienes dejan el país, al no poder levantar la mirada, lo último que ven no es el cielo sino el mar. Ese mar de un azul grisáceo que esconde la oscuridad del Caribe venezolano.

RAUL STOLK

EL ESTIMULO

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