Irse del país se va convirtiendo en norma, única salida para quienes sienten que el agua les llegó al cuello, que el horizonte es turbio. Venderlo todo, quemar las naves, desarraigarse. Pero regresar también es una posibilidad, el último de los deseos, la negación de tantos planes e impulsos.

Quienes hacen el viaje a la inversa se lamentan de su retorno migratorio, pero no descartan la opción de hacer de tripas corazón para marcharse del país una vez más, hacia nuevo destino, aplicando lo aprendido. Es el caso de Matilde Olivares, quien partió en octubre de 2016 junto a su esposo hacia Tenerife, en España. A sus 65 años de edad, optó por vender todos sus enseres y el mobiliario de su casa para levanta el capital que financiaría las alas que la llevarían sobre el Atlántico, y le brindaría un primer sustento al llegar. “La verdad es que vendí todos mis corotos porque yo no tenía pensado regresar. Gracias a Dios el apartamento no se vendió porque mi hija paró la venta”, cuenta aliviada.

Matilde cuenta que los retos que debió afrontar fueron el alejamiento de sus seres queridos, conocer otra cultura y adaptarse al clima. No pudo. Fue vencida por las circunstancias. Desde que salió de Venezuela, la mujer no hizo más que llorar, a pesar de llegar a la ciudad donde su hija reside hace más de una década.

Pero ya a las pocas semanas su estado de ánimo era de decaimiento. Su vástago la llevó al médico, y el diagnóstico no fue alentador: depresión. “Todo el proceso fue muy fuerte para mí. Pasé días sin comer. Cuando mis familiares me llamaban de Venezuela no paraba de llorar. Realmente fueron horribles esos días. El doctor nos dijo que si yo no salía de esta situación podía incluso hasta morir”, confiesa.

Fue entonces cuando tomó la decisión de volver a Venezuela, cruzar Maiquetía al contrario, aterrizar en vez de despegar sobre tierra venezolana. Claro que sabía a qué volvía, a una economía depauperada, a una hiperinflación que hace galopar el costo de la vida, a la inseguridad y violencia que deja regados más de 25 mil cadáveres al año por homicidio, al toque de queda voluntario, a las calles oscuras, a la escasez de alimentos, a la precariedad. “No importa, pasaré roncha en mi país pero estoy con mi familia”, se dijo para alentar su retorno apenas un par de meses después.

Olivares admite que regresar fue un “choque muy grande” pues “me fui huyendo de la situación porque realmente lo que estamos viviendo es muy crítico. Cuando llego, me doy cuenta de que el país está mucho peor a cuando me fui. Quizá no fue la mejor decisión el haberme regresado pero aquí estoy como todos, sobreviviendo el día a día”, expresa. Su trabajo en la cocina de un restaurante de viernes a domingo y su pensión no le alcanzan para afrontar la inflación que, de acuerdo a la Asamblea Nacional, hasta septiembre de este año alcanzó un acumulado de 536,2%.

cita4Por eso Matilde sabe que Maiquetía sí es la salida, Dice que para volver a intentarlo endurecerá su corazón para no tentar un nuevo arrepentimiento. “Volvería a España porque está mi hija y porque se maneja el mismo idioma. Aunque mi problema también sea la edad yo estaría dispuesta a cuidar niños o a trabajar de lo que sea porque la situación aquí está muy pero muy difícil”.

Europa no siempre recibe con los brazos abiertos al emigrante venezolano, especialmente sin ascendencia comunitaria. Armando Medina pasó de abandonar los estudios en la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte) para tomar clases de italiano durante un año. El músico de orquesta, violinista de formación, se preparó antes de partir a Italia: armó el currículum destacando su carrera artística, investigó sobre conservatorios en aquel país y preparó un repertorio para los exámenes que encararía.

Con su pareja subió a un avión, iniciando un viaje a dos bandas, un “miti y miti”, pues el periplo sería un viaje de vacaciones para despejarse de la situación en Venezuela y al mismo tiempo una búsqueda de empleo para quedarse definitivamente. “La decisión la tomé a comienzos de 2016. Compré los pasajes con los ahorros de varios años que juntamos mi novia y yo. Decidimos Italia porque habíamos ido varias veces y ella tiene familia allá, y nos ayudaron bastante con el tema de la comida”.

Pero el cuento de hadas comenzó a oscurecerse cuando le exigieron una beca para tener un cupo en la escuela de música. “Para estudiar como extranjero necesitas una visa de estudio, entonces allá te piden o una beca aprobada por el gobierno italiano con una cantidad de dinero o una demostración física de un banco del país con alrededor de 12 mil euros. Yo toqué mis partituras y me dijeron que estaba en un buen nivel para entrar en cualquier conservatorio, pero lo que me frenó fue el dinero, así que me regresé a Venezuela”, detalla.

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