Un estudio científico de 2013 tiene la clave de por qué algunos somos más negativos o positivos que otros y cómo cambiarlo.

Todos conocemos esos libros y posts en los que se suele simplificar la definición de ‘gente tóxica’ por aquella otra en la que la gente pesimista o cuyos pensamientos son negativos pueden afectar al resto del grupo. Una visión muy poco acertada, en tanto en que esa ‘toxicidad’ es, precisamente, la razón de que estemos vivos hoy en día.

A lo largo de la historia, el ser humano ha ido volviéndose más y más negativo conforme pasaban los siglos, y no sin motivos. Al principio de la historia de la humanidad, nuestros antepasados eran curiosos y optimistas, siempre abiertos al entorno que les rodeaba. Hasta que comenzaron a darse cuenta de que esa actitud podía acarrearles más de un susto e, incluso, la muerte. Piensen sin más en el caso de un humano que se acercaba despreocupado a un león, o de aquel que restara importancia a la probabilidad de que lloviera o nevara durante una travesía de los primeros nómadas. Ambos acabarían muertos por no haberse puesto en lo peor: el animal puede ser hostil y una lluvia persistente requiere de estar abrigados para no enfermar y morir.

Se trata de lo que los científicos denominan ‘sesgos de negatividad’, principios de actuación adaptativa que rigen nuestro comportamiento y que tienden hacia la parte menos positiva de la balanza. Y es que, a lo largo de todos los siglos de existencia sobre este mundo, la mayoría de decisiones de coste-beneficio han favorecido a los que tenían una visión más pesimista. Ellos son los que, a costa de perder algunas oportunidades ventajosas, también han evitado los enormes peligros que acecharon a nuestra especie durante siglos y siglos.

Pero, aunque estos principios nos han traído con vida hasta nuestros días, la era en que vivimos es bastante diferente a las antaño experimentadas. Ahora no es tan probable que suframos el ataque de un depredador ni que nos veamos abocados a un riesgo natural que no sea gestionable por las autoridades y todo el sistema de bienestar que hemos construido como sociedad. Es por ello que, conforme hay menos riesgos graves de los que protegernos, quizás podamos abrir un poco la lata que nos ata a la seguridad para arriesgarnos con nuevas ideas y proyectos. Algo imprescindible, de hecho, para el avance de la innovación y la creatividad en estos tiempos de transformación y revolución digital.

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El doctor Richard Boyatzis, experto en inteligencia emocional y psicología del comportamiento, sintetiza este cambio de paradigma con una contundente frase: “Necesitas el enfoque negativo para sobrevivir, pero uno positivo para prosperar”. Este científico, junto a otros investigadores, desarrollaron un experimento en 2013 (disponible aquí) que fue recogido incluso por el Foro Económico Mundial a propósito de descubrir cuáles eran los mecanismos que activaban ambas perspectivas (positivas y negativas) respecto a la toma de decisiones y el rendimiento profesional y personal, así como descubrir las pautas para poder reducir nuestra negatividad en el día a día.

Lo que hicieron para contrastar todo este fenómeno fue muy sencillo: diseñaron dos grupos de estudio a los que se sometió a entrevistas relacionadas con su vida y rendimiento profesional, usando para ello dos técnicas distintas. En el primer caso, se hicieron preguntas sobre los problemas y desafíos que enfrentaban, tratando de identificar soluciones, expectativas y temores en los sujetos. En el segundo grupo, lo que se utilizó fue una pregunta abierta para imaginar el futuro dentro de diez años, con un marco claramente positivo.

El resultado fue obvio: en el grupo en que se analizaban los retos y obstáculos, la visión era más negativa que en el que se daba rienda suelta a la imaginación. Una vez que esto se confirmó, los científicos pasaron al siguiente y más complicado reto: descubrir qué zonas del cerebro se activaban cuando pensamos en positivo y en negativo. Para ello, volvieron a emplear las mismas técnicas una semana más tarde pero al mismo tiempo se escaneaban sus cerebros con fMRI (una herramienta que detecta los cambios en nuestro preciado órgano asociados al flujo sanguíneo).

Ahí es donde está la clave para reducir nuestra negatividad: en el caso de los sujetos sometidos al primer experimento -en el que se destacaban los problemas a resolver- se activaba el sistema nervioso simpático, responsable de las reacciones de “lucha o huida”, así como otras regiones cerebrales que se sabe están asociadas a estados de ánimo depresivos. Además, se detectó que fisiológicamente aumentaba la frecuencia cardíaca y la presión arterial, preparándonos para una acción urgente que quizás era útil contra una amenaza animal para nuestros ancestros, pero que no permite un pensamiento ágil ni flexible ante otras cuestiones.

Por el contrario, los sujetos sometidos al tractor emocional positivo experimentaban una activación del sistema nervioso parasimpático (asociado al descanso y la digestión), lo que significa que los sujetos se relajaban y eran capaces de tener el espacio necesario para desarrollar un plan o visión para el futuro con más libertad. También se activaban las zonas relacionadas con la satisfacción y los circuitos de recompensa de nuestro cerebro, con lo que -literalmente- ser creativos e innovadores es todo un placer.

Y, después de toda explicación científica, ¿cómo podemos hacer para reducir nuestra negatividad? Según este experimento, tan solo debemos reducir la percepción de la amenaza y el riesgo a los factores ambientales y personales.Cambiar estos patrones y escalas de valoración -creyéndonos que no estamos en un riesgo de muerte continuo con cada pequeña decisión- automáticamente nos producirá la reacción física necesaria para ser más flexibles cognitivamente, más abiertos de mente y más proclives a innovar y tener ideas más creativas; además de estar más motivados y, en definitiva, más felices.

TICBEAT

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